San Martín de Orísoain, luz oculta

Fot: Javier Arizabalo

Fot: Javier Arizabalo

En la parroquia de la pequeña localidad Valdorbesa de Orisoain, hace cuarenta años, en los trabajos de saneamiento y restauración de suelos y paredes, fue descubierta por sus vecinos, una cripta olvidada en la memoria de sus ancianos, uno de los mejores secretos guardado durante cientos de años en el interior de su iglesia.

Pocas son las parroquias en los ramales del Camino de Santiago con este tipo de construcción, y en la de Orísoain veremos la intención del maestro en buscar el desnivel del terreno que le ofrecía el alto, para así poder reflejar la esencia de su misticismo, la constante unión simbólica entre el cielo y la tierra, mostrándose en este caso, como la unión de la montaña y la caverna, lo visible y lo escondido.

Dentro de su arquitectura volvemos a encontrar esta esencia, unión cielo y tierra, en el interior de la nave, en el espacio que da pie a la cripta, formado por el cuadrado entre columnas prismáticas representando la tierra, abriéndose al cielo a través de sus capiteles, tres de ellos con vegetales, bolas y jerarquías celestes y el cuarto con simétricos leones sagitario apuntando al ave posada en su lomo. Quedan sobre el ajedrezado de los pilares, arranques de los arcos que sujetaban la cúpula, hoy desaparecida, y en un costado el portillo por el que se accedía a su celda.

En la escultura se repite la idea de lo dual, entre opuestos y complementarios que forman parte de la unidad. Lo hace con el ouroboro de dos serpientes (se muerden la cola), personajes que miran arriba y abajo, la pareja con el pan y el vino. Las iglesias de San Martín de Orísoain, la Asunción en Olleta y San Pedro de Etxano, comparten en sus capiteles un modelo predominante de escultura, difícil de describir, que representa la unión entre los dos mundos, terreno y celeste mediante la trompa y el vaciado, acompañado de caras y siluetas como seres angelicales. Una de las esculturas que refleja con mayor sencillez y claridad esta idea la encontramos en el capitel derecho del arco del triunfo.

Tras una trampilla delante del altar, una escalera desciende al interior de la cripta. Para entrar, será necesario agachar la cabeza, casi a modo de genuflexión y atravesar dos pequeños arcos. Bajo el ábside, tres columnas adosadas al muro norte y otras tres al sur de poco más de un metro de altura dan arranque a los nervios que sostienen la media bóveda de horno. En el centro de ellas orientada al este, una saetera abocinada, la única original del ábside, deja entrar durante pocos minutos un haz de luz al amanecer. Este fenómeno se puede observar durante siete semanas antes del equinoccio de otoño y siete semanas después del de primavera.

La dimensión reducida de la cripta contrasta con su abundante escultura. Trata sobre los enigmas del Génesis y el camino de la luz y está destinada a la meditación y contemplación de fieles y peregrinos. Cuenta, siguiendo el hilo de la dualidad como conductor del simbolismo, con imágenes opuestas y complementarias en su significado, columna frente a columna. Se busca la simetría en los capiteles con sencillos y antiguos arquetipos como, la conchas, las aves, las serpientes, las palmas, el lazo, el nudo, el triangulo, el fruto, la simiente y la luz.

Desde el exterior se puede ver que la situación de esta pequeña joya respecto al valle no es casual, está en el encuentro entre la Valdorba llana y la serrana, en el centro de los semicírculos formados por las sierras de Alaiz, Izco y Guerinda en su parte montañosa y los cerros bajos que mugan con Artajona con sus campos de viña, olivo y cereal. Una bella panorámica, salpicada de ermitas e iglesias rurales desde un pequeño alto, cruce de los dos principales caminos internos, utilizados por los peregrinos medievales.