| En
la parroquia de la pequeña localidad Valdorbesa de
Orisoain, hace cuarenta años, en los trabajos de saneamiento
y restauración de suelos y paredes, fue descubierta
por sus vecinos, una cripta olvidada en la memoria de sus
ancianos, uno de los mejores secretos guardado durante cientos
de años en el interior de su iglesia.
Pocas son las parroquias en los ramales del Camino de Santiago
con este tipo de construcción, y en la de Orísoain
veremos la intención del maestro en buscar el desnivel
del terreno que le ofrecía el alto, para así
poder reflejar la esencia de su misticismo, la constante unión
simbólica entre el cielo y la tierra, mostrándose
en este caso, como la unión de la montaña y
la caverna, lo visible y lo escondido.
Dentro de su arquitectura volvemos a encontrar esta esencia,
unión cielo y tierra, en el interior de la nave, en
el espacio que da pie a la cripta, formado por el cuadrado
entre columnas prismáticas representando la tierra,
abriéndose al cielo a través de sus capiteles,
tres de ellos con vegetales, bolas y jerarquías celestes
y el cuarto con simétricos leones sagitario apuntando
al ave posada en su lomo. Quedan sobre el ajedrezado de los
pilares, arranques de los arcos que sujetaban la cúpula,
hoy desaparecida, y en un costado el portillo por el que se
accedía a su celda.
En la escultura se repite la idea de lo dual, entre opuestos
y complementarios que forman parte de la unidad. Lo hace con
el ouroboro de dos serpientes (se muerden la cola), personajes
que miran arriba y abajo, la pareja con el pan y el vino.
Las iglesias de San Martín de Orísoain, la Asunción
en Olleta y San Pedro de Etxano, comparten en sus capiteles
un modelo predominante de escultura, difícil de describir,
que representa la unión entre los dos mundos, terreno
y celeste mediante la trompa y el vaciado, acompañado
de caras y siluetas como seres angelicales. Una de las esculturas
que refleja con mayor sencillez y claridad esta idea la encontramos
en el capitel derecho del arco del triunfo.
Tras una trampilla delante del altar, una escalera desciende
al interior de la cripta. Para entrar, será necesario
agachar la cabeza, casi a modo de genuflexión y atravesar
dos pequeños arcos. Bajo el ábside, tres columnas
adosadas al muro norte y otras tres al sur de poco más
de un metro de altura dan arranque a los nervios que sostienen
la media bóveda de horno. En el centro de ellas orientada
al este, una saetera abocinada, la única original del
ábside, deja entrar durante pocos minutos un haz de
luz al amanecer. Este fenómeno se puede observar durante
siete semanas antes del equinoccio de otoño y siete
semanas después del de primavera.
La dimensión reducida de la cripta contrasta con su
abundante escultura. Trata sobre los enigmas del Génesis
y el camino de la luz y está destinada a la meditación
y contemplación de fieles y peregrinos. Cuenta, siguiendo
el hilo de la dualidad como conductor del simbolismo, con
imágenes opuestas y complementarias en su significado,
columna frente a columna. Se busca la simetría en los
capiteles con sencillos y antiguos arquetipos como, la conchas,
las aves, las serpientes, las palmas, el lazo, el nudo, el
triangulo, el fruto, la simiente y la luz.
Desde el exterior se puede ver que la situación de
esta pequeña joya respecto al valle no es casual, está
en el encuentro entre la Valdorba llana y la serrana, en el
centro de los semicírculos formados por las sierras
de Alaiz, Izco y Guerinda en su parte montañosa y los
cerros bajos que mugan con Artajona con sus campos de viña,
olivo y cereal. Una bella panorámica, salpicada de
ermitas e iglesias rurales desde un pequeño alto, cruce
de los dos principales caminos internos, utilizados por los
peregrinos medievales.
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